CUANDO BRILLAR DA CULPA.
- Sara Pastor
- 1 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Hoy quiero compartir contigo una situación que me compartió una clienta y me pareció interesante compartirla contigo.
Entre otras muchas cosas me comparte lo siguiente:
“El otro día me llegó una buena noticia me invitaron a un proyecto hermoso, me reconocieron por mi trabajo, y sí… también me pagaron mejor de lo esperado. Mi primer impulso fue sonreír. El segundo, revisar mentalmente a quién se lo podía contar sin sonar creída. El tercero, cuestionarme si no me habrán elegido por ser simpática. Me di cuenta de que la noticia merecía festejarla y yo sintiendo más incomodidad que alegría. Como si brillar fuera algo peligroso”.
Y claro enseguida yo misma me pregunte ¿Por qué puede dar culpa que nos vaya bien? Y recordé las veces que yo misma me sentí así.
Y es que crecemos con una mezcla rara. Por un lado, se nos dice que seamos independientes, que luchemos, que nos ganemos lo nuestro. Pero, por otro lado, se nos enseña que no hagamos mucho ruido, que no incomodemos, que no parezca que nos creemos mejores que nadie.
Entonces cuando nos reconocen, cuando cobramos bien por lo que hacemos, cuando una idea nuestra se vuelve visible… aparece la culpa.
¿Y si alguien piensa que estoy ocupando un lugar que no me corresponde?
¿Y si otras mujeres sienten que esto es injusto?
¿Cómo esto va a cambiar mi relación con mis compañeros o amigos?
Y no, no es que alguien nos lo diga. Muchas veces no hay nadie acusándonos. Es algo que nosotras mismas nos decimos por dentro. Como si una parte de nosotras sintiera que tener éxito nos aleja de las demás, o nos vuelve “sospechosas”.
Y llega la tentación de invisibilizarse (para no incomodar a nadie). Porque hay momentos en los que ser visible da miedo. Porque los ataques constantes cansan No importa si trabajas en una universidad, una corporación, un negocio, o por tu cuenta desde tu casa. En cualquier espacio donde haya otras mujeres, puede aparecer esa sensación de estar “sobresaliendo demasiado”. Hay espacios donde se ha normalizado esta conducta.
Y ahí es cuando se decide… mejor me callo. No comparto esto. No digo cuánto cobré. No muestro que me fue bien. Me hago chiquita.
Y nos pasa, aunque sepamos que no tiene sentido. Que hay lugar para todas. Que celebrar nuestros logros no es una traición. Pero el miedo a ser juzgada, criticada, envidiada a veces pesa más.
¿Qué hacemos con nuestros privilegios?
Porque sí, a veces tenemos privilegios. De clase, de educación, de cuerpo, de idioma, de red de contactos. Algunas cosas las conquistamos con esfuerzo. Otras nos fueron dadas sin que las pidamos.
Y cuando nos damos cuenta de eso, puede aparecer otra forma de culpa. ¿Qué derecho tengo a estar acá?
Y bueno, el derecho no viene de merecer más que nadie, sino de lo que haces con ese lugar. No para callarte, ni para agachar la cabeza, sino para abrir espacios, compartir herramientas, tirar de la cuerda para facilitar a otras.
Reconocer el privilegio significa actuar con conciencia, no con culpa.
No estamos compitiendo. ¡De verdad! No estamos compitiendo.
Podemos recordarnos esto las veces que haga falta. Que no estamos en una carrera. Que no tenemos que estar todas exactamente en el mismo lugar para que haya justicia social.
Que podemos celebrar los logros de otra sin sentir que eso nos borra a nosotras. Podemos dejar de leer cada éxito ajeno como un fracaso personal.
Y si eso te cuesta, Esta bien, se respeta, pero al menos podemos no odiar a la que le está yendo bien.
Es un camino. Pero se puede. De a poco, con amor propio, con amor entre nosotras, y con menos comparación constante. Porque brillar no debería dar vergüenza.
Llevo mucho tiempo trabajándome este tema porque a todas nos da en mayor o menor medida.
Yo comencé diciéndome, “quiero dejar de sentir que tengo que pedir permiso para que me vaya bien”. “Quiero poder compartir mis logros sin miedo a parecer creída o arrogante”. “Quiero poder nombrarme, mostrarme, crecer… sin esa vocecita interna que me dice, mejor bájale dos”.
Y también quiero que tu puedas hacer lo mismo. Que cuando te reconozcan, te paguen bien, te visibilicen o te admiren, no te disculpes por eso.
Que no te escondas por si incomodas. Que no te apagues para hacer espacio. Que sepas que tu luz no molesta.
Las mujeres no venimos a ser invisibles. Venimos a transformar el mundo. Y eso, inevitablemente, brilla.
Te quiere siempre
Sara Pastor, una mujer que no caduca






Comentarios