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La Decisión más aburrida

  • Sara Pastor
  • 45false45 GMT+0000 (Coordinated Universal Time)
  • 4 Min. de lectura


 La decisión más aburrida que tomé (y la más sana)

Tengo que hacer la advertencia de que no soy profesional en el campo de la nutrición y que solo hablo de mí. Y lo motiva el que constantemente me preguntan de que me alimento por que tal parece que he resistido bastante bien al paso de los años y al desgaste de 5 embarazos. Y con todo eso el nivel de mi acido “jodeinico” sigue elevado todavía.

No fue una decisión valiente. Ni transformadora. Ni digna de un reel con música motivacional.

Fue una decisión profundamente aburrida e intelectual producto de dos factores.

El primero por la particularidad (que no se si estoy muy contenta con ella) de que a temprana edad comencé a escuchar a mi cuerpo. Al principio me hablaba en tono bajito lo que hacía más fácil ignorarlo a veces. Al tiempo elevo la voz hasta que decidí leer e investigar sobre el tema con aquellos que son especialistas en las corrientes de nutrición más precursoras (aunque llevan ya años en esto).

Con todo ello entendí mejor lo que quería decime mi sabio cuerpo. Descubrí que no todos necesitamos ni digerimos bien los mismos alimentos y que hay una predisponían genética en toda esta receta. Incluso dentro de la misma familia hay notables diferencias.

El segundo factor fue que tuve un padre médico, con unas ideas, fuera de su tiempo, sobre la alimentación y eso nos hizo criarnos sin utilizar la comida como vehículo de gestionar las emociones. Si, ya lo sé, poco romántico, pero bastante útil a la hora de adaptar mi alimentación a algo limpio, simple y enfocado en la salud. No en el gusto. No en el antojo. No en la fantasía de que todo en la vida tiene que ser placer inmediato.

Ya te lo avisé, que esto no emociona a nadie. Pero el que algo quiere algo le cuesta.

Si estás pensando en replantearte algún cambio, antes de que el cuerpo te lo exija revisa que significado le das a la comida que no sea la de nutrirte. Para facilitarte la tarea te dejo aquí un inventario.

Estrés → comida.

Cansancio → comida.

Ansiedad → comida.

Celebración → comida.

Castigo → también comida.


Yo no comía por ansiedad ni por tristeza. Yo comía “normal”. El problema es que mi cuerpo no estaba de acuerdo.

 No era dramatismo, era fermentación, pesadez, inflamación, cansancio después de comer. Adobos, mezclas, combinaciones que parecían inofensivas… y mi cuerpo diciendo “esto no”.

No te voy a pedir que me comentes el resultado, que yo no soy una gurú de la nutrición, pero si te comento una observación.

¡Hay que ver lo que normalizamos las mujeres, es impresionante! Vivir inflamadas, cansadas, desconectadas, con digestiones pesadas y energía baja…y aun así seguir funcionando como si nada.

Si, yo tuve días así. Me sentía después de comer “saludable” como un globo de cumpleaños y unas noches de reflujo “divertidas”.

Hasta que un día sin epifanía ni iluminación pensé: “qué raro vivir sintiéndome regular casi siempre”.

Así que hice algo radicalmente poco sexy, empecé a comer pensando en cómo me iba a sentir después, no solo durante. Nada extremo. Nada dramático.

Sencillamente comida más limpia, más simple, más aburrida, si quieres. Hasta mis perros no me pedían que les diera un poquito (y eso que se tragaban todo lo comestible y lo que no)

Menos “me lo merezco”, y más “esto me hace bien”.

Y no, no fue fácil, no por la comida, sino porque cuando dejas de anestesiarte un poco todos los días, te quedas contigo. Con el silencio, con las emociones sin azúcar por encima, con el cuerpo tal como está.

Y ahí es cuando empiezan las dudas incómodas ¿me estoy cuidando o me estoy apagando? ¿esto es madurez o resignación? ¿me voy a convertir en una antisocial?

La respuesta llegó sin fuegos artificiales, dormía mejor, pensaba mejor, reaccionaba menos y vivía con menos ruido interno.

Pero aquí va una reflexión que vale la pena decir en voz alta, a muchas mujeres no les falta fuerza de voluntad. Les sobra auto abandono normalizado.

Nos enseñaron a empujar el cuerpo hasta que se calle, a confundir placer con alivio momentáneo, a tratar el bienestar como premio y no como base.

 

 Muchas mujeres no ignoran su cuerpo por descuido, sino porque aprendieron a priorizar todo menos las señales pequeñas.

Así que no esperé a enfermarme para escuchar. Solo dejé de convencerme de que sentirme mal era normal. (Te dije que no era nada glorioso).

Escuchar al cuerpo no es volverse intensa. Es dejar de hacerse la sorda. Y te quiero dejar claro que escuchar al cuerpo no es volverte obsesionada. No es obsesión. No es control. Es dejar de discutir con algo que lleva tiempo siendo claro.

Es elegir la salud en la comida, en los ritmos, en los límites y te puede sonar aburrido porque no estimula el caos al que estamos acostumbradas.

Pero calma algo mucho más profundo, la necesidad constante de sobrevivir al día.

Y que escuchar al cuerpo no siempre implica cambiarlo todo, a veces implica dejar de insistir con lo que claramente no te sienta bien, aunque “a todo el mundo le funcione”. Y para mi filosofía de vida, tampoco me sirve atascarme de pastillas para “darme el gustito”.

Busca tus opciones y lo que más se acomode a tu cuerpo, que para eso es tuyo.

Te quiero siempre.

Sara Pastor, una mujer que no caduca


 
 
 

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