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La gratitud como super-poder cuando sientes que todo está patas arriba.

  • Sara Pastor
  • 15 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Mes noviembre, la temporada donde nos ponemos tiernos y llega el día de Acción de Gracias. Vamos, el día del pavo(que no debe estar demasiado contento con su destino, seguro que se pregunta ¿qué tiene que ver él ,con que tú quieras dar gracias?).

Honestamente no fui de esas personas que se levantaban radiantes diciendo “hoy agradezco por el sol, las montañas y el canto de los pájaros”. No, nada más lejos de aquellos días.

Pero en algún punto, entre el cansancio, y los planes que no salen, empecé a entender que la gratitud no es un cliché, sino una herramienta bastante poderosa para no perder la cabeza cuando todo se desordena y reina el caos absoluto.

No se trata de negar lo que duelen algunas cosas. Agradecer, no significa fingir que todo está bien. No es mirar el incendio y decir ¡qué lindo fuego! ¡gracias por que se me está quemando la casa con el fuego purificador! Es, más bien, poder reconocer que, aunque las cosas estén jodidas, todavía hay algo que funciona, algo que vale la pena sostener.

A veces es una persona que te escucha sin juzgar, una comida que salió rica o simplemente el hecho de haber pasado el día sin que el mundo se desmorone del todo.

Pequeñas cosas, sí, pero cuando todo se tambalea, esas pequeñas cosas son las que te mantienen de pie.

Me di cuenta de que cuando empiezo el día buscando algo para agradecer, por más mínimo que sea, mi mente cambia de canal. Y esto para mi es una decisión. Dejo de estar en “modo queja” y paso a “modo posibilidad”. Y eso, yo por lo menos lo noto.

Porque la queja es un hábito que tiene algo de adictivo, cuanto más te quejas, más cosas encuentras para quejarte. Pero la gratitud hace lo contrario, te entrena para notar lo bueno, lo que sí está, lo que todavía tienes.

Y cuando cambias el foco, la vida no necesariamente se vuelve más fácil, pero sí más vivible.

A mí personalmente no me ayuda prender una vela o escribir tres páginas de agradecimientos ni repetir mantras al amanecer (aunque si te sirve, adelante).

A mí me sirve con una pausa. Un pensamiento rápido. Un “gracias” mental cuando algo sale bien, o incluso cuando no, pero te deja una enseñanza.

Yo lo practico así, cuando algo me irrita, intento frenar un segundo y buscar una cosa que valga la pena. A veces no encuentro nada profundo y simplemente agradezco por no haber perdido la compostura (todavía) y haber sacado a pasear el ogro que habita en mí. Y eso ya cambia el día.

Yo creo en el humor y en la sonrisa como elementos de gratitud. Porque cuando miras en perspectiva, te das cuenta de que muchas de las cosas que parecían el fin del mundo, después te hacen reír.

Agradecer también es mirar atrás y ver cómo incluso lo difícil te hizo crecer (aunque en el momento hayas querido patear todo o a alguien en particular).

No esperes resultados inmediatos. La gratitud no borra problemas, pero te cambia la forma de enfrentarlos. Te da perspectiva, calma y hasta un poco de humor en medio del caos. Y eso, créeme, es muchísimo.

Al final, ser resiliente (no me encanta la palabra, pero describe perfectamente) no es ser de hierro. Es poder caerse, sacudirse el polvo y decir “gracias, sigo acá”.

Y mientras uno pueda seguir diciendo eso, con una sonrisa medio torcida pero sincera, ya está ganando.

Así que, si estos días te sientes que todo está patas arriba, date la oportunidad de encontrar una sola cosa por la que puedas dar las gracias hoy. No importa si es chiquita, insignificante o medio ridícula. Agradécela igual.

No creo que te cambie la vida en el acto, pero te cambia el día. Y a veces, con eso alcanza para seguir.

Gracias por ser parte de mi vida.Siempre te quiero

Sara Pastor, una mujer que no caduca


 
 
 

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